LA PUGNA POR EL FUTURO PREVISIONAL DEL PERÚ

El anuncio del Ministro de Economía, Raúl Pérez-Reyes, de observar cualquier ley que apruebe un nuevo retiro de las AFP no es una defensa del sistema de pensiones, sino la evidencia de un diálogo de sordos entre un Ejecutivo tecnócrata y un Legislativo populista. Desde mi perspectiva, ambos actores se equivocan de foco con una terquedad admirable, mientras el futuro de millones de peruanos sigue siendo el rehén de una batalla ideológica que nadie parece querer resolver de fondo.
El MEF insiste, con argumentos técnicos sólidos pero socialmente sordos, que los retiros minan el ahorro nacional y la sostenibilidad del sistema. Pérez-Reyes esgrime ahora el reglamento de la reforma, que promete una pensión mínima de 600 soles, como la gran solución que debería desincentivar cualquier nueva extracción. Su lógica es impecable en el papel: si quieres la seguridad de una pensión garantizada, no toques tu fondo. Pero reduce la complejidad humana a una fría ecuación. ¿Cómo se le explica a una familia que hoy no puede pagar el recibo de luz o poner un plato de comida en la mesa que espere unos años por una pensión mínima que, en el mejor de los casos, ya estará erosionada por la inflación? El ministerio opera en la macroeconomía, un espacio donde las gráficas de crecimiento y los índices de ahorro tienen más peso que el desespero silencioso de los 6.3 millones de afiliados que tienen menos de 5,000 soles en sus cuentas y para los cuales ese dinero no representa seguridad futura, sino supervivencia inmediata.

Frente a esta mirada tecnocrática, el Congreso responde con la única moneda que conoce: la del populismo cortoplacista. Los congresistas, desesperados por capitalizar un descontento social real, proponen inaplicar prohibiciones y liberar fondos como si fuera la solución mágica. Su argumento de inyectar liquidez a las familias es tan cierto en el muy corto plazo como irresponsable en el mediano. Es pan para hoy y hambre para mañana. Pero su mayor fracaso no es la propuesta en sí, sino su absoluta incapacidad para construir una alternativa seria. Se limitan a explotar la crisis sin ofrecer una reforma estructural que genuinamente ponga en el centro el bienestar del trabajador y no sus propios réditos políticos. Critican la reforma del Ejecutivo tachándola de “estafa” que blinda las ganancias de las AFP, pero su alternativa se agota en el retiro, sin un plan integral que reformule el sistema de manera definitiva.

El verdadero núcleo de este conflicto, y lo que ambos poderes se niegan a abordar con honestidad, es que el sistema de AFP, tal como está concebido, ha fracasado en su promesa fundamental de proveer pensiones dignas. La discusión se ha reducido a un ping-pong entre “no toquen el ahorro” versus “sáquenlo todo”, perpetuando un modelo que beneficia principalmente a la industria administradora. La reforma promulgada, con su comisión fija para las AFP y su pensión mínima condicionada, parece diseñada más para garantizar la rentabilidad de estas empresas que la seguridad de los afiliados. Mientras, la oposición en el Congreso solo ofrece alivios temporales que debilitan aún más el sistema.

Al final, el anuncio de una observación presidencial es solo el último capítulo de esta tragicómica. El Ejecutivo defiende una reforma insuficiente y el Legislativo promueve soluciones destructivas. El perdedor en este forcejeo es el ciudadano, atrapado entre la tecnocracia sin empatía y el populismo sin visión. Hasta que no nos sentemos a debatir una reforma previsional que de verdad priorice la pensión digna sobre los dogmas económicos y los intereses creados, seguiremos en este ciclo eterno de retiros, advertencias y descontento creciente. El futuro no puede construirse así. 

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