EL APRA 2026: UNA ESTRATEGIA BAJO EL SIGNO DE LA NOSTALGIA

La convocatoria electoral del Partido Aprista Peruano para el 2026 constituye, ante todo, un ejercicio de nostalgia institucionalizada. Bajo el liderazgo de Enrique Valderrama, la organización no parece esbozar un proyecto regenerativo, sino más bien una operación de reposicionamiento táctico que prioriza la reivindicación de nombres sobre la renovación de ideas. La composición de sus listas al Senado y a la Cámara de Diputados refleja una clara estrategia: apelar a la memoria partidaria y capitalizar lealtades internas, antes que ofrecer una alternativa política sustantiva a un electorado profundamente desencantado. Esta maniobra, aunque comprensible desde la lógica de la supervivencia orgánica, evidencia una desconexión fundamental con las demandas de transparencia y renovación que exige la realidad nacional.

El núcleo de la propuesta aprista se articula alrededor de una cohorte de figuras cuya trayectoria está indisolublemente ligada a las etapas previas del partido, incluyendo su participación en gobiernos pasados. La presencia de nombres como Jorge del Castillo, Javier Velásquez Quesquén o Mauricio Mulder, entre otros excongresistas y exfuncionarios, sugiere una restauración antes que una revolución interna. Paralelamente, la inclusión de familiares de líderes históricos, como Carla García Buscaglia o Rocío Valencia Haya de la Torre, opera bajo una lógica simbólica que busca anclar el presente en un linaje político específico. Este diseño responde a una necesidad de cohesionar una base tradicional, pero simultáneamente proyecta una imagen de cerrazón y endogamia. El partido, en lugar de abrirse a nuevos liderazgos surgidos de la sociedad civil o de sectores técnicos, opta por reciclar su propio capital humano, lo que limita severamente su capacidad para representar intereses más amplios y contemporáneos.

Un aspecto particularmente crítico lo representa la figura del propio candidato presidencial, Enrique Valderrama. Su breve mención en un reporte policial por una presunta sustracción, aunque no derivó en proceso judicial alguno, se inserta en un contexto público hipervigilante donde la percepción de integridad es un activo no negociable. La explicación de Valderrama, que cataloga el hecho como una mera "ocurrencia policial", puede satisfacer el rigor legal, pero no necesariamente el escrutinio político. En un momento donde la credibilidad de la clase política se encuentra en niveles mínimos, cualquier sombra, por antigua o leve que sea, se magnifica. La decisión del partido de mantenerlo al frente, considerando este antecedente público, revela una evaluación de riesgos que prioriza la lealtad interna sobre la vulnerabilidad en la arena pública. Esta elección no es trivial; define el umbral ético que la organización está dispuesta a defender y comunica un mensaje ambiguo sobre su compromiso con la ejemplaridad.

Las elecciones primarias que consagraron a Valderrama refuerzan la lectura de un partido que opera en un circuito reducido. Una participación que no alcanzó el cuarenta por ciento del padrón habilitado, y una diferencia mínima entre planchas, ilustran una base movilizada limitada y una dirección que no emerge de un mandato ampliamente contundente. Esta dinámica interna de baja intensidad contrasta con la ambición de gobernar una nación compleja y fracturada. La estrategia de saturación, con listas extensas para el bicameralismo, parece más un intento de asegurar cuotas de representación mediante el reconocimiento de apellidos que una apuesta por un programa legislativo transformador. El regreso a un Congreso bicameral ofrece la oportunidad de un debate más pausado y especializado, pero la nómina presentada por el APRA sugiere que su contribución potencial estaría más orientada a tácticas de negociación y posicionamiento dentro de la maquinaria estatal que a una reforma estructural.

Por consiguiente, la oferta aprista para el 2026 se asemeja más a un acto de reafirmación identitaria que a un plan de gobierno viable. Su arquitectura electoral, cuidadosamente poblada de rostros conocidos y apellidos con resonancia interna, construye un relato de continuidad que ignora deliberadamente los quiebres de confianza que su propia historia reciente ha experimentado. El partido confía en que la memoria colectiva, selectiva y emocional, pueda superar el desgaste y el escepticismo contemporáneo. Esta expectativa resulta profundamente problemática. En un escenario nacional que clama por responsabilidad, innovación y transparencia radical, la apuesta por un capital político del pasado no es solo arriesgada, sino sintomática de una incapacidad para procesar autocríticamente su propio lugar en la crisis de representación. El desenlace de esta estrategia probablemente no será un retorno al poder, sino la confirmación de que la política basada en la nostalgia es, en el mejor de los casos, un ejercicio estéril y, en el peor, una evasión de la responsabilidad histórica que tienen los partidos tradicionales de reinventarse o ceder el espacio.

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