LA RETÓRICA DE LA GUERRA: UN ANÁLISIS CRÍTICO DE LA DECLARACIÓN PRESIDENCIAL EN EL VRAEM
El discurso presidencial en el VRAEM resuena como un eco conocido en el paisaje político peruano, un ritual retórico que confunde la solemnidad de la declaración con la efectividad de la estrategia. Al proclamar una “guerra” contra el narcotráfico y el crimen organizado desde una base militar, el presidente José Jerí incurre en una simplificación peligrosa y potencialmente contraproducente. La metáfora belicista, aunque busca proyectar fortaleza y determinación, oscurece la naturaleza compleja y multifacética de un conflicto que no se resuelve únicamente con despliegues de fuerza. La historia reciente del VRAEM demuestra que la militarización, sin un proyecto integral de desarrollo institucional, control territorial y justicia social, ha sido insuficiente para erradicar las economías ilegales. Al reducir la solución a un enfrentamiento bélico, se corre el riesgo de perpetuar un ciclo de violencia donde la población civil queda atrapada entre dos fuegos, sin que se aborden los sustratos de pobreza, ausencia estatal y corrupción que fertilizan el terreno para el crimen organizado.
La promesa de medidas inéditas y la afirmación de que “lo que antes no se ha hecho, se va a hacer ahora” constituyen más un eslogan que un programa analítico. Esta retórica de la novedad absoluta ignora, convenientemente, la acumulación de experiencias y fracasos de administraciones previas en la misma región. La lucha contra el narcotráfico en el VRAEM no adolece de una falta de gestos audaces o discursos contundentes, sino de una persistente carencia de continuidad en las políticas, de coordinación real entre agencias del Estado y de una comprensión profunda de la dinámica local. La visita presidencial, con su séquito de ministros y altos mandos, puede interpretarse como un gesto político necesario, pero resulta insustancial si no está anclada en un plan concreto que trascienda el período de un gobierno. El crimen organizado opera con una lógica de largo plazo, adaptándose a las tácticas estatales; combatirlo exige una respuesta igualmente persistente y evolutiva, no meras proclamas de guerra que renuevan expectativas para luego defraudarlas.
El llamado patriótico a los soldados para “ganar la guerra interna” completa un marco narrativo que carga sobre los hombros de las Fuerzas Armadas una responsabilidad desmedida. Si bien su rol es crucial, la seguridad no es una misión exclusivamente castrense. Delegar la solución en los uniformados, sin fortalecer paralelamente al sistema judicial, a la policía, a la inteligencia financiera y a los gobiernos locales, es condenar a la estrategia a un callejón sin salida. La “gloria y tranquilidad” que el presidente invoca no se conquistan solo en campos de batalla remotos, sino en los tribunales que procesan lavadores de activos, en las instituciones que resisten la corrupción y en las políticas públicas que ofrecen alternativas económicas legítimas a las comunidades. La narrativa bélica, aunque movilizadora en el corto plazo, puede justificar excesos y desviar recursos de esfuerzos menos espectaculares pero más sustantivos.
El desenlace de este episodio retórico aún está por escribirse en la realidad concreta del VRAEM. La firmeza discursiva debe traducirse en una firmeza estratégica de alcance nacional y temporalidad sostenida. De lo contrario, la declaración de guerra no será el punto de inflexión que se anuncia, sino un capítulo más en una crónica de frustraciones anunciadas, donde la contundencia de las palabras se diluye ante la resiliencia de un problema estructural. La verdadera prueba para el gobierno no reside en la energía del discurso pronunciado ante las tropas, sino en la capacidad de tejer, lejos de los reflectores, una red de intervenciones coherentes que ataque simultáneamente los síntomas violentos y las causas profundas de la inseguridad. Solo entonces la retórica dejará de ser un arma de propaganda para convertirse en el reflejo de una acción de Estado genuina y transformadora.

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