ENTRE LOBISTAS Y REPARTIJAS: EL EMPOBRECIMIENTO DEL DEBATE ELECTORAL**

La contienda electoral ha comenzado a mostrar su rostro menos edificante, aquel donde la descalificación reemplaza a la propuesta y la acusación sin pruebas busca erigirse como estrategia de campaña. El reciente intercambio de acusaciones entre César Acuña y Rafael López Aliaga, a raíz de la conformación del gabinete presidencial, no es un mero incidente aislado, sino un síntoma revelador de la madurez política que aún le resta alcanzar al país. Lo que debería ser un debate de fondo sobre el futuro de la nación se convierte, una vez más, en un ring donde los golpes verbales apuntan más a la desesperación del contrincante que a la solidez de las propias convicciones.

La respuesta de Acuña a las acusaciones de López Aliaga sobre una supuesta "repartija" ministerial es un ejemplo paradigmático de esta dinámica. En lugar de ofrecer una defensa sustentada en la transparencia de su gestión o en un deslinde claro de sus relaciones con el Ejecutivo, el líder de Alianza para el Progreso optó por un contraataque que, en esencia, desvía la atención del fondo del asunto. Al calificar a su oponente como el "candidato de la inestabilidad", Acuña no solo busca invertir los papeles, sino que intenta presentarse como un actor responsable y moderado, una imagen que choca frontalmente con las prácticas de negociación y cuoteo que históricamente han caracterizado a buena parte de la clase política, incluida la suya propia.

Esta estrategia de etiquetar al adversario como una amenaza para la gobernabilidad es un recurso tan antiguo como efectista. Al señalar que las declaraciones de López Aliaga podrían incitar a la ciudadanía a tomar acciones contra el Congreso, Acuña intenta construir un relato de orden frente a un supuesto caos promovido por su rival. Sin embargo, la acusación resulta peligrosamente retórica cuando proviene de un actor que ha sido parte de un sistema político que a menudo ha funcionado al margen de la voluntad popular, sostenido por pactos de poder y reparto de cuotas. La preocupación expresada por la estabilidad parece más un escudo para protegerse de las críticas que una genuina defensa de las instituciones democráticas.

El momento más revelador de la conferencia de prensa de Acuña fue, sin duda, el cuestionamiento sobre el financiamiento de la campaña de López Aliaga. Al preguntar con quién conversa su oponente para obtener dinero y calificarlo como un potencial "lobista" en la presidencia, el candidato abre una línea de ataque que, irónicamente, podría volverse en su contra. En un país donde el financiamiento de los partidos políticos es un terreno pantanoso y lleno de sombras, levantar sospechas sobre las fuentes de financiamiento ajeno es un juego de alto riesgo, sobre todo para alguien cuya propia trayectoria política no ha estado exenta de cuestionamientos sobre el origen de sus recursos y su relación con el poder económico.

Lo que subyace en este cruce de acusaciones es la confirmación de que la campaña electoral ha entrado en una fase donde la descalificación personal y la sospecha sin fundamento pretenden ocupar el lugar del debate programático. Lejos de aclarar las diferencias ideológicas o los modelos de país que representan, los candidatos se enredan en un toma y daca que empobrece el diálogo político y cansa a una ciudadanía que demanda soluciones a problemas concretos. La "desesperación" que Acuña le achaca a López Aliaga podría ser, en realidad, un estado compartido por varios contendientes que, al no poder conectar con el electorado a través de propuestas sólidas, recurren al ataque como último recurso.


En conclusión, el episodio protagonizado por ambos candidatos no es más que un reflejo de una política que se vacía de contenido y se llena de ruido. El elector, atrapado entre acusaciones de "repartija" y señalamientos de "inestabilidad", asiste a un espectáculo donde el objetivo principal parece ser la destrucción del contrincante, no la construcción de un futuro colectivo. Hasta que los aspirantes al sillón presidencial no comprendan que la grandeza de un líder no se mide por su capacidad de denostar al otro, sino por la solidez de sus ideas y la claridad de su proyecto, la campaña seguirá siendo un espejo de las peores prácticas que han mantenido al país en un perpetuo estado de subdesarrollo político. La firmeza de una postura no se demuestra en la vehemencia del ataque, sino en la transparencia de las propias acciones.

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