EL ESPEJISMO DE LA LIBERTAD EN LA CEREMONIA ÍNTIMA

La reciente declaración de Gisela Valcárcel sobre su disposición a contraer matrimonio por tercera vez bajo nuevas condiciones ha sido recibida por muchos como una muestra de madurez y autoconocimiento. Sin embargo, una lectura más atenta de sus palabras revela algo menos halagüeño: la persistencia de un viejo mecanismo por el cual las figuras públicas confunden la modificación de la forma con un verdadero cambio de fondo. La conductora plantea un escenario nupcial alternativo, alejado de los fastos televisados y las puestas en escena grandiosas, pero lo hace atrapada todavía en la lógica del espectáculo, esa misma que dice querer dejar atrás.

El planteamiento de Valcárcel contiene elementos que, en apariencia, sugieren una evolución personal. La idea de una ceremonia con familias, alrededor de una fogata y con buena música, evoca una vuelta a lo esencial, a la intimidad que supuestamente perdieron sus dos bodas anteriores. Se presenta a sí misma como alguien que ha aprendido de la exposición mediática y que ahora busca preservar un espacio privado. Esta narrativa del aprendizaje tras el error es reconfortante y, sobre todo, comercialmente viable, pues vende la imagen de una mujer que, pese a los fracasos sentimentales, mantiene viva la ilusión, aunque sea bajo nuevas reglas.

No obstante, lo que delata la persistencia del viejo paradigma es la naturaleza misma de las condiciones que impone. Al afirmar que no quiere repetir “nada de lo que ya hizo antes”, Valcárcel sigue definiendo su futuro en oposición a su pasado, pero utilizando los mismos parámetros: el vestido, el tipo de ceremonia, la escenografía. Su énfasis en que no sería un matrimonio de blanco para no caer en una “huachafada” demuestra que la preocupación por la imagen pública, por lo que dirán y cómo se verá, continúa siendo el eje central de su reflexión. La huachafada no es tal por un descubrimiento espiritual, sino porque resultaría impropio a su edad y trayectoria.

Lo realmente significativo no es lo que dice, sino el medio que elige para decirlo. La conductora no ha compartido estas reflexiones en una conversación privada con sus allegados, sino en una entrevista de prensa, alimentando así el mismo circuito de farándula que, según se deduce de su historia, habría contribuido al fracaso de sus relaciones anteriores. Esta contradicción expone la trampa de la celebridad contemporánea: la necesidad de comunicar públicamente la decisión de tener una vida privada, convirtiendo la intimidad en el último y más preciado objeto de consumo mediático.

La figura de Valcárcel ilustra así la dificultad de escapar del rol que el propio éxito ha construido. Cada gesto de autenticidad se convierte automáticamente en material para el engranaje del espectáculo. Su deseo de una boda sencilla y discreta, al ser anunciado en un portal de noticias, deja de ser un anhelo personal para transformarse en un nuevo capítulo de su telenovela pública. La fogata con la familia, prendida en la imaginación de los lectores, no es más que el nuevo decorado para el mismo viejo personaje.

Lejos de representar una liberación, estas declaraciones muestran el espejismo de una libertad que no termina de concretarse. El verdadero cambio no residiría en describir un escenario alternativo, sino en no describir ninguno. Mientras exista la necesidad de anunciar las condiciones del amor, el amor mismo seguirá siendo un guion. La próxima boda de Gisela Valcárcel, ocurra o no, ya ha tenido lugar: fue en la nota periodística donde se narró por adelantado, demostrando que, para ciertas figuras, la vida solo es real cuando se convierte en relato para los demás.

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